El problema nuclear de este sistema educativo radica en su modelo de profesor. El profesor de ahora (al que se le han dado programas para capacitarse, incentivos económicos, asensos, etc.) es diseñado desde una perspectiva disciplinaria, básicamente psicológica, y con una fuerte dosis de idealismo; por tanto, se define desde una esfera teórica a priori y externa al mundo escolar, al margen de la práctica (y de los problemas concretos) y de los profesionales (y de la utilidad instrumental del conocimiento). La teoría, pues, engulle el mundo de la profesión. Simultáneamente, la pedagogía idealista (que, erróneamente, se autoproclama utópica) se ensañó con el profesor, en tres frentes: recortar el estatus profesional, reconvertir la identidad profesional, y estigmatizar y culpabilizar al profesor que no cumple.
La consecuencia ha sido un minucioso proceso de jibarización del profesor con la reducción la identidad profesional a
Ø practicismo (el profesor no piensa los fines de la educación; para eso están los expertos universitarios)
Ø tecnicismo (predominio de técnicas didácticas: no importa qué se enseña, sino cómo), y
Ø puro asistencialismo social (eso que el socialismo criticaba a finales del XIX en España).
De cara a poner unas bases sólidas para enrumbar la misión del profesor, tres son las medidas imprescindibles:
1) Conectar el mundo de los objetivos educativos con el ámbito profesional, para que los proyectos tengan aplicabilidad real. No se puede pensar sobre los fines, objetivos y metas de la educación al margen de actividad profesional. Dicho de otro modo, los profesionales (los profesores) deben pensar la educación.
2) La comunidad de investigación educativa debe ser interna al cuerpo profesional del profesor. En otras palabras: la investigación debe ser hecha por el mismo profesorado, para que la viva.
3) Para que el profesor pueda pensar la educación, el estudio y la investigación deben formar parte de la actividad del profesor. Dicho de otra forma: la práctica es solo un elemento de la actividad docente.
Los beneficios de la incorporación del estudio y la investigación en la actividad docente son, entre otros:
Segundo: actualización del conocimiento, para que la educación dé respuesta efectiva a las necesidades del presente.
Tercero: si el profesor es capaz de atender a los fines y de proponer medios eficaces, existe capacidad de innovación, de creatividad o de resolución de problemas y, en consecuencia, cabe esperar una auténtica superación de los contextos de partida. Pero, sobre todo, reforzaría desde su raíz la profesión docente, porque atendería de un modo más adecuado a las necesidades del “sujeto” que realiza la acción profesional: el profesor.
La clave es que el profesor lleve a cabo su actividad profesional fundamental y básicamente desde una “instalación personal”. Ello significa que, para que el ejercicio profesional se ejecute de modo “auténtico”, es preciso que el profesional incorpore la profesión en su proyecto vital. Es decir, la profesión es proyecto asumido, tarea buscada y querida. Por tanto, si se desea que la docencia sea ejercida “auténticamente” (esto es, ejercida por profesionales auténticos), es necesario que el sistema educativo ponga las condiciones de posibilidad para eso que he llamo “instalación personal de la profesión” o que el profesor reconozca y asuma su rol en la sociedad (maestrías, diplomados en instituciones de reconocido nivel, tener iniciativa). Al menos en lo que a mí respecta, no veo cómo ello pueda ser posible si se excluye el estudio y la investigación de la acción profesional. A pesar de la relevancia que la vertiente personal tiene en el ejercicio profesional, el discurso pedagógico vigente lo ha dejado de lado, se ha dejado influir más de lo debiera por tres corrientes:
1) el discurso de las organizaciones empresariales (muy unida a técnicas psicológicas de motivación profesional);
2) la absolutización del lema de la enseñanza “centrada en el niño”, y
3) la literatura sociológica sobre el contexto social de la acción.
-Vocación, entendida como desarrollo de una genuina instalación personal en la profesión.
-Capacidad de riesgo, innovación y creatividad. ¿Cómo se puede exigir al profesor que se arriesgue a ensayar proyectos, que responda ante las complejidades sociales con creatividad e innovación, sin cultivar la vocación?
-Excelencia profesional. Actualmente, el sistema educativo “excluye” a los intelectualmente mejor dotados. La inclusión de la investigación convertiría la profesión educativa en algo “intelectualmente atrayente”. Además, ¿cómo se le puede exigir excelencia en el ejercicio de su trabajo, si se han eliminado las condiciones que posibilitan el nacimiento y fortalecimiento de la vocación?
-Fruición intelectual. Si la fruición intelectual es un componente esencial de la enseñanza, ¿cómo puede ser transmitida tal fruición en el proceso de enseñanza, si el profesor carece de ella? Y, ¿cómo la puede poseer el profesor sin la investigación?
-Autonomía profesional. La inclusión de la investigación en el cuerpo del profesorado contribuiría a proteger la educación tanto de la injerencia política como de los discursos pedagógicos idealistas e ideológicos. Los profesores serían (¡ahora sí!) los responsables principales del progreso o fracaso escolar y, por tanto, estarían sujetos a resultados.
NOTA.-