miércoles, 31 de agosto de 2011

NO PONGAMOS LA TECNICA POR DELANTE

Cuando tuve diez años de edad estuve a punto de ser atropellado por una aplanadora. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! Retire los pies de la pista. El cura  sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.
 Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrara en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que las imágenes estén desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, esta potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas maltratadas, o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos, gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor.
La humanidad entrará al tercer milenio bajo el imperio
de las palabras
No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.
La lengua española tiene que preservarse para ese oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como en otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de habitantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y cuatro significados, mientras que en la república del Ecuador tiene ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aun no se ha inventado. A un joven periodista le deslumbra los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida domestica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: “Parece un faro”. Que una vivandera de Lima rechazo un cocimiento de toronjil porque le supo a viernes Santo. Don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejo escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso?
Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra intención no debe ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entren en el siglo venturo como Pedro en su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir, queridos jóvenes docentes, que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas -a las que tanto debemos- lo mucho que tienen para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se  nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, càntemos en vez de cantemos, o el armonioso muèramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las hachas rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota, y pongamos mas uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde dice lágrima ni confundirá revólver con revolver, ¿y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como su fueran dos y siempre sobre una?
Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas al mar con la esperanza de que les lleguen al dios de las palabras.

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